El poeta de la voz cristalina
07/02/2010
Sus personajes, las voces de muchos de sus poemas, son los poceros y hacheros del llano de La Rioja. A poco de cumplir 75 años, publica sus "Obras completas".
NERIO TELLO
Si, como dice Rilke, la verdadera patria del hombre es la infancia, Héctor David Gatica, al borde de los 75, sigue honrando a su tierra, la pequeña (y gigante) Villa Nidia, un caserío marrón y casi olvidado, en los confines de los Llanos riojanos. Hace más de 40 años que dejó de arrastrar sus pies por los guadales y los montes. Anduvo por el país y por sus fronteras; y finalmente armó su nido en la capital riojana donde resguarda el polvo de los caminos.
En estos días, las librerías de La Rioja están recibiendo los dos tomos de sus Obras Completas (Homenaje al bicentenario de la patria), de casi 600 páginas cada uno (en Buenos Aires no se consiguen por ahora). El primer tomo compila sus primeros siete libros (lamentablemente, algunos sin fechas de edición). El segundo, los seis títulos más recientes, que incluye El Viaje, su último libro (ver Gatica Básico).
Este hombre de andar cansino, que susurra las palabras como ablandándolas en la boca, conoce una extraña gloria que él toma con naturalidad y mesura. Caminando con él por las calles de La Rioja se tiene la exacta percepción de sus logros. Un transeúnte cuarentón lo saluda de la otra vereda y una mujer de canas sencillas le comenta que ya compró su libro. El mozo le hace un chiste y la señora de un quiosco le dice algo sobre su recital de poesía. Es el raro caso de un poeta (no de un animador de televisión) que es reconocido y admirado. Todos saben en La Rioja que hay una avenida, pegada a la flamante terminal de ómnibus, que lleva su nombre. Él sonríe con pudor.
Gatica parece un hombre serio. Sus eternos anteojos de marco impetuoso, su saco oscuro y sus hábitos sosegados así lo indican. Sin embargo, su palabra florida se tiñe de anécdotas y de risas acaballados en ese humor tan riojano, cómplice de la picardía, cristalino como el cielo de los Llanos donde creció.
Por esas paradojas del destino, Gatica –hijo de los dos maestros de su pueblo– debió dejar la escuela muy temprano porque un médico le auguró una ceguera si esforzaba sus débiles ojos. Así, el niño dejó la enseñanza formal, y comenzó una vida de lector oculto: como un pecador se escondía detrás de algún algarrobo, o aprovechaba la pesadez anónima de las siestas.
“Tuve una infancia feliz. Jugábamos al trompo, a las bolitas, correteábamos con los perros, montábamos en burro y nos íbamos a bañar a las represas. Además claro, hacíamos algunas tareas más “útiles”: juntar algarroba e ir a la leña”, cuenta Gatica que aún conserva giros y entonaciones de su pueblo. Recoger leña y volver con los brazos cargados, recuerda, era un juego. Pero la leña era vital para cocinar pues allí no había gas ni luz. Aún no hay gas pero desde hace unos pocos meses, hay luz.
Los vecinos de su pueblo, y los de Ulapes y Corral de Isaac, recuerdan que el joven Héctor David atendía el negocio de ramos generales de su padre. Lo que pocos sabían es que ese muchacho, aún sin instrucción, ya escribía, imprimía y editaba, junto con un hermano, una revista que con los años circularía por toda América: Alborada.
No sabe por qué ni cómo ya había empezado a garabatear sus primeros poemas. A los 17 se los dio a leer a su madre. Cuando al año siguiente un inspector de escuela le regala un ejemplar de Romancero gitano, el incipiente poeta tuvo dos revelaciones: una, que había un poeta extraordinario llamado Federico García Lorca; la otra, más dolorosa, fue comprender que era, apenas, un esforzado amontonador de rimas.
“Seguí escribiendo y leyendo. Claro, nunca dije de mi, que era poeta; aún hoy no me animo a decir “soy escritor”. Recuerdo que antes de partir de Villa Nidia, a los 30 años, escribí Memoria de los llanos. Un libro que consideraba modesto y que regalaba con temor a mis allegados. Hoy tiene quince ediciones”.
Ya hombre Gatica completó su escuela primera y estudió para maestro a contrapelo de las recomendaciones del viejo galeno. Como flamante maestro se instaló en una villa de emergencia en Mendoza donde daba clase a los adultos. Allí conoció a los poeta Enrique Ramponi, Alfonso Solá González y Víctor Hugo Cúneo. “Precisamente Cuneo me vendió una antología de Vicente Huidobro, y descubrí otra voz que me dejó perplejo. En esos días me preguntaba, qué tengo yo para contar, si solo he conversado con hacheros, carreros, poceros… me parecía que no tenía nada trascendente para escribir. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de la riqueza de mi mundo y que contar la vida de mis gentes era una forma de tenerlos, recobrarlos, hacerlos memorables.”
Después de un año regresó a su provincia y se instaló definitivamente en la capital riojana, siempre aquejado “por la fiebre de escribir y leer”. Llevaba consigo el paisaje innumerable, los días eternos de sol y el murmullo de las torcazas de la ahora lejana Villa Nidia.
Poco después, el golpe militar truncó su carrera de Ciencias de la Educación. Además comprendió que eran tiempos de cuidado. Sus entrañables amigos, el novelista Daniel Moyano y el poeta llanisto Ariel Ferraro, se exiliaron. Otros como Ricardo Mercado Luna y Carlos Alberto Lanzillotto, fueron encarcelados. Gatica volcó su angustia en páginas sueltas que iba enterrando en los jardines. Cuando las paginas fueron muchas, las envolvió en una bolsa de nylon y las llevó a su Villa Nidia. Allí las dejó al cuidado de las raíces de un algarrobo. Años más tarde darían cuerpo a su libro Los días insólitos, una de sus obras más impactantes.
Gatica piensa mucho y habla poco. Se toca la frente, cierra los ojos. Recuerda. “Durante muchos años yo creía que esta forma mía de escribir, no tan oscura, no tenía valor. Pero una vez, en Tucumán, en una rueda de lectores de poesías, alguien me pidió que leyera algo. Yo no leo mis poemas, los digo de memoria, siempre lo hice. Por lo que decidí, con cierto recato, recitar el poema “La tumba de Pedro Verón” (y Gatica, ahora, vuelve a recitar: Él, y solo él, su tumba iba a cavarse / con esa hondura propia del pocero…). Todos escucharon en silencio. Cuando terminé un hombre barbudo y extrovertido se acercó y me demolió de un abrazo. Era Armando Tejada Gómez, yo no lo conocía. Ese abrazo me animó y me dio confianza. Si un poeta del tamaño de Tejada me reconoce, me dije, mi poesía debe tener algún valor”.
La Cantanta Riojana, un largo poema musicalizado por Ramón Navarro, lo colocó el reconocimiento popular y definitivo. Pero Gatica se empeñó y se empeña en ser un difusor de poetas. Sus otras revistas, Poesía amiga, y fundamentalmente Integración Cultural, le permitieron dar a conocer a todos y cada uno de los escritores provinciales Esta publicación dio lugar luego a la edición de cuatro tomos de más de 600 páginas cada uno.
En sus flamantes Obras Completas, Héctor David Gatica dedica su primer tomo a su Villa Nidia, que, recuerda, “no figura en los mapas” por eso él la pone en “el mapa de las letras.”
¿Quedan amigos en Villa Nidia? “No, casi nadie. Yo vuelvo porque tengo una amistad con los árboles. Abrazo a los quebrachos y en ese intercambio, salgo ganando: vuelvo con el corazón vegetal”.
GATICA BASICO
Villa Nidia, La Rioja (1935). Poeta y narrador.
Fue Director General de Cultura de la Provincia de La Rioja, miembro del Directorio de Radio y Televisión Riojana y asesor cultural ad honorem del Municipio. Fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de La Rioja en 1995. Ha recibido la Faja de Honor de la SADE, el Premio Fondo Nacional de las Artes y el Premio de Honor de la Fundación para la Poesía, entre otros. Entre sus obras se destacan: Memoria de los Llanos (poesías, 1961, quince ediciones); Los días insólitos (poesía, 1986, cinco ediciones); Los días del amor (poesía, cinco ediciones); El canto de las manos. País desvelado (poesías, 1988); Los fundadores del olvido (cuentos, 1989, cinco ediciones); Diarios desde Villa Nidia (memorias, 1990); El libro de la Cantata Riojana (memorias y poesías, 2001, siete ediciones); El canto del canario (cuentos, 2007); La carpeta vacía (memorias, 2007) y El viaje (poesías, 2009). Realizó también compilaciones y antologías de poetas y narradores de su provincia como Mapa de la poesía riojana (1990), El Libro de los Poetas Jóvenes (1991), Antología Poética Riojana (1999), Cuentos y Relatos de La Rioja (2002), Nuevo mapa de la poesía riojana (Antología, 2005) y una recopilación sobre la historia de la cultura y los artistas de su provincia: Integración Cultural Riojana I, II, III y IV (2001 / 2004)



